"(Non) Ho visto Maradona", la mirada de un italiano que no lo vio jugar pero se enamoró de él

Mundo 29 de noviembre de 2020 Por Dario Gallitelli* (Especial para Palo)
A esta hora tardía, de este extraño día, no hay un solo rincón del mundo que no esté derramando lágrimas. De nada sirve mirar el calendario para fijar el momento, igual de estúpido es anotar la hora. Dios está muerto y no olvidarás un día como ese.
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La "viuda blanca" y el triste recuerdo del 25 de junio de 1994, el día que "le cortaron las piernas" a Maradona.

A esta hora tardía, de este extraño día, no hay un solo rincón del mundo que no esté derramando lágrimas. De nada sirve mirar el calendario para fijar el momento, igual de estúpido es anotar la hora. Dios está muerto y no olvidarás un día como ese.

Símbolo del siglo XX, carácter transversal. Revolucionario inclinado al pecado, líder del pueblo, proxeneta capa y espada, capaz de secuestrar a Nápoles incluso en aquella desafortunada noche en que el sueño mundial se hizo añicos sobre la rubia Caniggia. Este es el Diego que ficcioné, que estudié, que succioné de los miles de videos consumidos en años de investigación paranoica, que imaginé a partir de las palabras de mi padre. Mi Diego, sin embargo, es diferente, no brilla como podría, es un eterno arrepentimiento. Encantadora y melancólica, envolvente como toda milonga, todavía está imbuida del olor de los dioses, pero sabe que tiene vicios mortales. Sin embargo, sigue siendo Maradona, y eso fue suficiente para creer en su palabra. Amén.

El primer recuerdo, no hace falta decirlo, es probablemente el emblema de la decadencia. Mi Maradona nació en América. Estrellas y rayas del mundo, la primera globalizada, la de Coca Cola por así decirlo. ¿Puedes ver a Diego? Fue Argentina - Grecia, cuatro a cero. No recuerdo el partido, he visto el gol a lo largo de los años, solo lo tengo en la cabeza, apuntando la cámara. Cara de veneno, ojos de sangre y venas hinchadas de ira. Una cara como esta te golpea. Fue entonces en mi escritorio cuando los módems para conectarnos a internet hicieron un solo escandaloso y sobre todo cuando el calendario Ferilli quemado en disquetes rabió en la mente de los adolescentes de la época.

La segunda imagen, debe haber sido una semana después, es la enfermera, esa maldita enfermera que lo toma de la mano, lo caza sin darle oportunidad, que ni siquiera Baresi.

Desconocido asesino a sueldo a sueldo de Blatter, Havelange, los poderosos, los ricos, esos a quienes Diego, a pesar de pertenecer a la categoría, siempre ha despreciado. Una incongruencia más de un genio moderno al que todo se le perdona públicamente, de un Robin Hood mal vestido pero firmado, un ídolo con varias banderas en la mano porque para alguien como él una ciudad, una nación, una ideología política no puede ser suficiente. Maradona es de todos, incluido Blatter.

Los ojos del Foxborough Stadium no te los quitan ni con el paso de los años. Son una marca en tu cuerpo que te recuerda quién eres. Lo miras en momentos de soledad y piensas que perteneces a algo. Al fútbol.

Perdimos el contacto, pero no fue mi culpa, fue él quien dijo que se había detenido. Todo cancelado con un golpe de esponja, como en la mejor tradición maradoniana. En el '95 lo veo con dificultad detrás del grupo de familiares que frente al televisor (directo Telepiù) ven Boca - Colón, el regreso de Dios al Cielo, no quiero a Robbie Fowler.

No anota, no brilla, está quieto pero roza con esa pierna ancha de marca la asistencia de uno a cero.

Todo es superfluo, de nada sirve a los que lo esperan, que se hubieran desollado las manos aunque se hubiera ido a dormir en el centro del campo. Debe ser contemplado, haga lo que haga. Diego es una obra de arte, si no te gusta, el problema es tuyo. Al menos eso es lo que me enseñaron.

Rezo por él y no me avergüenzo en 2004, estaba en Grecia, ya que parecía estar al final de la línea. Cursos históricos y apelaciones de un inmortal, y luego lo escojo de adulto porque su Argentina de 2010 era demasiado hermosa para no despertar emoción en un nostálgico como yo. Verón, Tevez, Messi y Martín Palermo. Diego Milito, Samuel, Di María e Higuaín. Entrenador, líder, padre del país y abanderado, es el más grande de todos los tiempos, pero con ese aura de inadecuado para ese lugar. Quizás el problema, no la solución.

Cerró mal, muy mal. Cuatro a cero, como en Grecia, esta vez para los "Krauts". Fin del recorrido pero no del carrusel, porque Diego siempre se llevaba el carrusel a casa y luego lo sacaba en los momentos de aburrimiento. Diego fue el carrusel.

El último acto no depende de su historia, de su grandeza. Murió mal, en medio de un circo que lo mantuvo de pie cuando solo quedaba la esencia del mito.

Rediseñado y enjaulado con ropa demasiado ajustada para él, elegante incluso desnudo con diez en el hombro. Demasiado cierto para este mundo.

Habla con Dios de igual a igual y, por favor, no lo asustes demasiado, él cree que el domingo es otro día del Señor.

Buen viaje Diego, gracias por enseñarme el amor, aún sin haber visto a Maradona, el verdadero.

*Dario Gallitelli es periodista del diario Cosmo Polis.

(Traducción: Martín Pedrola)

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